Hace algún tiempo -unos 2 meses- encontré un texto de Martín Moreno en el periódico
Excelsior donde escribía sobre las personas que relizan el servicio doméstico, -aunque suene feo- las bien llamadas:
sirvientas.
Moreno aseguraba que estas niñas -porque llegan siendo unas niñas, 13 - 16 años- viven una especie de
"esclavismo" en pleno siglo XXI: "cobran el salario mínimo o menos, en algunos lugares las obligan a usar uniformes, comen con otros cubiertos, les dan cierto tipo de comida" tecleaba entre otros argumentos el colaborador del diario nacional.
Desde que tengo
uso de razón recuerdo a alguna jovencita ayudando a mi madre, comprando "comida chatarra" para mi hermano en la tienda,
pagando la tarjeta en el banco y hasta enviándome archivos por internet ("aunque usted no lo crea").
El pasado sábado 18 de julio mi última "cha-cha",
Felicitas, se marchó junto con su hija de 4 años rumbo al DF por mejores oportunidades para ella y su pequeña, no podría ser de otra forma, es
naturaleza humana, de una madre que ama.
El día que partieron entendí muchas cosas. Felicitas trabajó casi
12 años en la casa de mis padres, su hija dio sus primeros pasos y aprendió a leer entre esos muros, se convirtió de una u otra forma en parte de ese núcleo familiar.
El día que leí el artículo en el Excelsior le mandé un
e-mail a Martín Moreno para contradecirlo: La sirvienta que ayuda a mi madre es tratada como alguien de la familia: come y bebe lo que quiere, tiene tv y radio en su habitación, su propio baño, etc.
Creo que Moreno no estaba
del todo mal. Aún hay personas que no entienden que todos somos iguales, que su corazón y el de sus "cha-chas", el de Feli y el mio, valen lo mismo, ni más caro ni más barato. Creo que es un tema de
talento pero también de oportunidades, nadie escoge dónde nacer pero si
qué hacer de su vida.
No dudo ni por un momento que esta madre
hará todo -todo es todo- por darle un mejor futuro a Martha Itzel, un futuro por lo menos mejor al que tuvo ella y
ya está en el intento.
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